Madrid, 16 de Febrero del 2026.- La eólica y la hidráulica han puesto al límite el sistema eléctrico español en los primeros días de febrero. Mientras los aerogeneradores disparaban la producción un 156% interanual y las centrales hidroeléctricas llegaban a niveles históricos, el precio mayorista de la electricidad se desplomaba y se activaban medidas en la gran industria para evitar nuevos cortes de luz. Estos picos de producción muestran que el sistema no está preparado para absorber tanta energía renovable, ni contamos con almacenamiento suficiente para aprovechar los excedentes. El choque entre abundancia de energía y fragilidad de la red ha generado tensiones económicas y operativas que muestran la doble cara de la transición energética.
Volatilidad meteorológica y producción renovable
El temporal atlántico convirtió a los aerogeneradores en la principal fuente del mix, con picos por encima de 20.000 megavatios eólicos, suficiente para abastecer a millones de viviendas teniendo en cuenta el consumo de un hogar promedio. Esa avalancha permitió que el mercado mayorista marcara mínimos no vistos desde 2020. La red, sin embargo, no está diseñada para absorber flujos tan extremos sin almacenamiento masivo.
La otra cara llegó cuando el viento cayó de golpe y la producción se desplomó hasta un tercio, obligando a arrancar centrales de gas y a aplicar restricciones a consumidores electrointensivos. El sistema español, con más de 30 gigavatios eólicos instalados, quedó expuesto a una intermitencia que los ciclos combinados apenas pudieron compensar a tiempo.
Las interrupciones a la gran industria tienen un impacto real y costoso. En solo dos días, más de 600 megavatios dejaron de suministrarse a fábricas que necesitan electricidad continua para no detener su producción. Para ponerlo en perspectiva:
Cada hora sin electricidad en una fábrica industrial puede generar pérdidas de hasta 50.000 euros y provocar daños en hornos y cadenas de producción.
La desconexión forzada interrumpe procesos que no están diseñados para apagarse de repente, afectando la productividad y los plazos de entrega.
Incluso con mecanismos de respaldo, la inestabilidad del sistema eléctrico se traslada directamente a la cuenta de resultados de la industria española.
Para los hogares, el ahorro momentáneo en la factura no compensa la falta de estabilidad en la red. La contínua dependencia de tecnologías fósiles sigue aumentando la huella de carbono, mientras que la volatilidad de los precios mayoristas se refleja en tarifas muy cambiantes, que debilitan la confianza y apuesta por las energías renovables.
El episodio volvió a mostrar la fragilidad de la red eléctrica española, luego de un 2025 complejo luego del apagón y de las subidas del precio de la luz. Red Eléctrica de España admite que la congestión y la falta de baterías grandes obligan a desperdiciar energía limpia cuando sobra y a racionarla cuando hace falta. En un sistema que busca superar el 80% de renovables en 2030, estas fallas dejan en evidencia los límites de la transición energética.
Los expertos dicen que la solución existe, pero avanza despacio: más interconexiones, bombeo hidráulico y almacenamiento eléctrico podrían equilibrar la red, pero todavía no alcanzan, y la inversión en infraestructura es dudosa frente a la inseguridad que genera el sistema renovable.
Sin ese apoyo, la eólica seguirá siendo una bendición económica y un riesgo operativo al mismo tiempo. Febrero lo dejó claro: el viento puede abaratar la luz, pero también poner en problemas a todo un país si la red no se refuerza a tiempo.
Fuente: papernest.es
